Juan Jose Ballesta

Las opiniones son como las nalgas, todos tenemos dos, una mala y otra peor. Y como diría Alaska, la envidia es como un puñal y su novio es un zombi. Y me refiero al Vaquerizo; pero no quiero irme del tema. En fin, que la alfombra roja verde de los premios Goya es un escaparate, o un desfile, y yo no soy capaz de comportarme como un espectador pasivo, me veo en la obligación de poner los puntos sobres las íes, las diéresis sobre las úes y la galería después del salto.

Vamos, que no puedo dejar títere sin cabeza ni titiritero sin mancillar. Así que mientras el resto de la humanidad habla de lo humano, a mi me toca hablar de lo divino, y precisamente divinas iban Maribel Verdu de Ferreti, Elsa Pataky de Versace, Belen Rueda de Carolina Herrera y sobretodo Goya Toledo de Ellie Saab.

Pero como toda cara conlleva una cruz y no existiría lo divino sin lo infernal, en el lado oscuro de la moda destacaríamos a Claudia Molina y ese vestido que parecía recien vomitado por un bebe lisérgico, el bolso de mi adorada Barbara Goenaga (¿Cómo puede una mezclar un vestidazo de Dior con un bolso de mercadillo?), y muy especialmente Neus Asensi.

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