Hola, amigos poproseros, soy Billy Ray Cyrus. Repite conmigo: BILLY. RAY. CYRUS. ¿A qué tengo un nombre molón? Pues además soy guapo, tengo un mentón que parece cincelado por artistas griegos, una mirada acero azul que lo flipas, un pelazo que huele a albaricoques y tanto dinero que me limpio el hojaldre con billetes de doscientos. Hablando de billetes, ¿no os parece que cada vez los hacen de peor calidad? La que está liando Zapatero…. bueno, bueno, que me disperso, a lo que iba: soy guapo y tengo pasta, debería ser un tipo feliz, ¿no? Pues nada de eso, soy un triste de la vida, más triste que le final de ‘Million Dollar Baby’ y la cara de la Duquesa de Alba juntos.
Me explico, yo soy cantante de country (ya sabes, de esos con botas de chupame la punta y sombrerazo que parece que los han sacado de una peli del oeste) y de los buenos, que he grabado 12 long plays (discos, vamos) que se han vendido como churros en las gasolineras (rivalizando con Camela ando) y he tenido infinidad de hits en radios locales y verbenas populares, pero la gente me confunde por la calle. Me dicen ‘¿qué pasa Kenny Rogers?’, ‘¿te veo más joven Kris Kristopherson?’, ‘¡Johnny Cash! ¿Pero no estabas muerto?’ o ‘¡Shania Twain! Firmame un autografo para mi niña, que es muy fans tuya’. Duele. Pero cuando yo les respondo que no, que yo soy el gran Billy Ray Cyrus, de los Cyrus de toda la vida, de los de Kentucky, como el pollo frito, viene lo peor porque ellos contestan:
Ahhhhh, el padre de Hannah Montana, ¿verdad? Que mona tu nena.
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