
Y ya se les acabó la luna de miel a los dos tortolitos. Ahora toca volver a la cruda realidad y asumir cada uno sus respectivos puestos que no son pocos ni flojos, todo sea dicho. Se especuló mucho sobre el paradero donde estos dos se iban a dejar caer para compartir su amor a la sombra de un cocotero pero al final parece ser que el lugar escogido fue el que más sonaba por todos los medios de comunicación del país: el príncipe Guillermo y Catalina se fueron a tomar el sol a las islas Seychelles, con su buena dosis de playa, de sol (que falta les hacía), de margaritas y de paseos por la noche recogiendo caracolas.
Todo ello adornado con un lujoso hotel para que los duques de Cambridge disfruten de su amor incontenible (me está quedado una pastelada de cuidado, pero no puedo evitarlo, se me sube el azúcar cuando hablo de estos dos) en el que como podéis imaginar les trataron a cuerpo de rey (con el respeto nobiliario correspondiente a su abuela, que mientras siga viva y poniéndose tocados sobre la cabeza estos no dejan de ser príncipes) que no todos los días se tiene a la realeza en el comedor tomándose un desayuno continental.


Hasta ahora hemos visto lo divinas y no divinas que iban las invitadas de la boda real del príncipe Guillermo y su esposa Catalina (que ya hemos cambiado de nombre, por dior), lo elegantes que iban ellos con sus trajes de gala, pero como siempre nosotros tenemos que ponerle la puntilla a todo esto y sacarle la parte más irónica y graciosa. 








