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Pasarela de los Oscar: y estrellados...

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¡Ay!, pero no todo es glamour en la alfombra roja, darling. Ni tu dinero ni tu fama pueden asegurarte que ese carísimo Dior le siente bien a tus lorzas, ni tampoco tu abultada cuenta corriente arregla un gusto dudoso. Las pruebas las tienes al pasar el salto.

Empezamos con Daniel Day-Lewis y su esposa Rebecca Miller; ni él acertó con las rayas rojas de su traje, ni tampoco eran adecuados los zapatos de ante camel que se calzó el señor tan tranquilamente; ella por su parte iba peor, vestida como una viuda de Los Sims 2, y con dos lazitos rojos completamente ineccesarios: eso es echarse años encima, señores.

Tampoco acertó la detestada novia de George Clooney, Sarah Larson, con un hípercursi Valentino en rosa y azul; la misma suerte corrió la jovencísima Saoirse Ronan, vista en Expiación, cuyo remilgado Alberta Ferretti en verde hospital no le favorecía nada, y menos con ciertos detalles de frunces pasados de moda.

¿Y qué pasa si cruzas a Galliano (¡ay, Galliano, cuánto daño has hecho con tus vestidos!) con Dita von Teese y Amy Winehouse? Pues que te sale la sinpar Diablo Cody, con un visillo de leopardo, tatuajes a lo pin-up años 50 y unos pendientes de calavera en strass que eran de juzgado de guardia. La responsable de la genialidad de Juno no acierta ni aún siendo fiel a su particular estilo.

Estilo como del que careció la ganadora Tilda Swinton, cuyo aspecto, ausencia de maquillaje y fantasmales movimientos hicieron más horroroso todavía aquel saco informe en oscuro de Lanvin.

También metió la pata Cameron Díaz, que pululaba por allí tan ajena como siempre, con un aburridísimo diseño de Galliano en color claro; el patinazo fue su peinado de andar por casa, inadecuado al nivel de la gala. El peinado no es exactamente el problema de la talludita esposa de Michael Moore, que se encasquetó un horrible vestido en turquesa ochentero que no hacía justicia a su cuerpo. Welesy Snipes, que tampoco pintaba mucho por allí, abandonó sus pintas de macarra para convertirse por obra y gracia de la pajarita en una especie de Profesor Chiflado; y si de chifladuras va la cosa, ahí estaba Jennifer Hudson, la ganadora del año pasado, con un ajustadísimo (y seguramente, contra su voluntad) diseño grecorromano de Cavalli que evidenciaba sus defectos y no potenciaba sus virtudes; esto unido a su escaso saber estar (ser famoso y tener clase no se aprende en un año) no hizo que fuera precisamente una de las favoritas de la gala. Anunció a Bardem con una sosería sin igual.

Y para terminar, os coloco a mi parejita favorita: Johnny Depp y Vanessa Paradis. Si bien Depp por una vez iba bastante decente y alejado de sus extravagancias bohemias, su remilgada y delicada mujer no acertó colocándose un vestido de Chanel que bien podría haber salido de algún momento de la Nochevieja de 1995 de alguna de mis hermanas. Una pena.

¿Y vosotros qué opináis?

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Vía | Oscar.com

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