Cristina Pedroche desvela cómo un buen plato de croquetas jugó un papel esencial en su pedida de mano

Cristina Pedroche desvela cómo un buen plato de croquetas jugó un papel esencial en su pedida de mano
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Cristina Pedroche no es nada convencional y eso lo sabemos todos. Cuando una persona normal saca del armario sus mejores galas para estar de punta en blanco en Nochevieja y vuelve crazy al peluquero de su barrio para que le haga el look que le ha visto al influencer de turno, nuestra Pedroche se enfunda en un vestidito que parece sacado del ropero de una profesora de plástica devota de comprar en 'Desigual' al por mayor y ni moño ni cardado ni hostias, una buena calva fake para que le entre el fresquito navideño por el cerebro.

Con este panorama no nos debería extrañar que la pedida de mano de la madrileña no incluyera nada de arrodillamientos o anillitos en el postre como hace la gente mediocre.

Ayer en 'Zapeando' (programa donde curra Cris) estuvieron debatiendo sobre un señor que tardó 17 añitos de en pedirle matrimonio a su pareja, tiempo que le pareció una barbaridad a la colaboradora que no esperó ni tres cuartos de segundo en pedírselo a su churri: "Yo empecé con Dabiz y a las dos semanas ya dije que me quería casar con este señor, y se lo pedí yo".

 

Los allí presentes, sedientos de salseo pasteloso, querían más detalles del momentazo ¿le compuso al chef una canción a lo Fran Perea? ¿Se inventó una rutina de abdominales, como buena fanática de los deportes, con la marcha nupcial de fondo? ¿Le añadió un velo a su calvita de quita y pon? Pues no, fue tan minimalista que por no tener no tuvo nada: "Diciéndole que 'me quiero casar contigo'".

"Luego le hice cosas bonitas y él también a mí. Me preparó unas croquetas muy interesantes y me dio un anillo. Pero primero se lo había pedido yo", ha manifestado la de Vallecas, dejando claro que donde esté un buen plato typical spanish que se quite toda la parafernalia de los bodorrios. Eso sí, en el caso de Dabiz no me extrañaría que las croquetitas estuvieran elaboradas sobre una piedra de Marte o tuvieran su propia red wifi dada la originalidad que reina en sus carísimos platos.

 

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